Cada persona no es un ser coherente: somos eco-sistemas que necesitan aprender a vivir en paz.

¿Habéis tenido la experiencia, en algún momento, de estar en conflicto con vosotrxs mismxs? ¿De tener la sensación de que hay más de una voz hablando en la cabeza, diciendo cosas aparentemente incompatibles? ¿Cómo os enfrentáis con esta situación?

Para mí, durante muchos años, esta ha sido una experiencia muy frecuente, dolorosa y fuente de mucha lucha interna, mientras intentaba decidir cual voz debería ganar la batalla.

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He descubierto recientemente lo que es el microbioma humano. Algo muy fascinante.

Resulta, según investigaciones sobre el ADN humano, que estamos compuestos de un 50% (aproximadamente) de genes que nos definen como seres humanos y un 50% de genes que pertenecen a lo que se llama micro-bioma: una colección de bacterias y microorganismos que no solo conviven con nosotrxs sino que forman parte de lo que somos. Este descubrimiento me ha ofrecido una metáfora para algo de lo que estaba bastante segura: no somos seres monolíticos, coherentes, únicos e indivisibles. Esta información desde el campo de la biología tiene una resonancia con mi propia experiencia e intuición en el ámbito psicológico.

Hace unos años que empecé a identificar un elemento fundamental en la dinámica de mis conflictos internos: la creencia de que soy, o por lo menos debería ser, un ser coherente. Esta creencia me ha llevado a negar, exiliar, machacar, castigar, trivializar, ignorar y coercer partes de mi que no encajan con mi “discurso predominante”. Un ejemplo de mi discurso predominante ha sido: para ser una buena madre debería siempre tener paciencia con mis hijxs y no gritarles. Cada vez que he perdido la paciencia con mis hijxs esto ha sido fuente de enormes conflictos internos. La parte de mí que perdió la paciencia ha recibido insultos, amenazas, órdenes de captura y castigos por parte de la otra parte, la que tiene el “discurso dominante”.

Hablando de “partes”, ya estoy introduciendo una de las ideas que me ha ayudado mucho a encontrar otra manera de relacionarme conmigo misma sin entrar en conflicto. En el momento que soy capaz de decir “una parte de mí” ya estoy rompiendo el hechizo de tener que ser una persona homogénea y también estoy saliendo de la ilusión de que existe un solo “yo” con el cual me identifico.

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Decir: “Soy una madre terrible, no tengo paciencia” es el tipo de pensamiento que alimenta el conflicto, porqué me lleva a la percepción que sólo hay una versión de mí, la impaciente y terrible. Esto no sólo es doloroso, sino que puede despertar muy rápidamente otro pensamiento: “Bueno, pero es que realmente me vuelven loca, nunca me hacen caso cuando les hablo… ¡quien no perdería la paciencia!”, lo cual abre las puertas a otro pensamiento: “Ya, pero si tú fueras más calmada esto no pasaría, sólo te vuelven loca porque eres así de mandona…”

Bueno… ¡ya somos 3 en esta conversación!

Reconocer y dar lugar a cada una de las voces me ayuda a no entrar en la espiral dolorosa que se genera cuando intento mantener mi identidad como indivisible. Si aceptamos esta idea, pronto surge la pregunta: “¿Quién soy yo, entonces?”. Es una pregunta que posiblemente no tiene una respuesta, pero la que a mí me sirve es: “Soy la que sabe que hay todas estas partes y es capaz de escucharlas y traer paz entre ellas”, y llamo esta parte mi “yo esencial” porqué intuyo que es una parte de mi ser muy profunda y quieta.

El simple acto de aceptar que no tengo que ser coherente, en otras palabras, aceptar que existen distintas voces dentro de mí, es un alivio. El objetivo no es decidir cual de ellas tiene la razón, sino hacerle un lugar a cada una donde pueda expresarse. Este es, en mi experiencia, el primer y fundamental paso en el camino de la paz interior. No digo que sea fácil, pero es posible. Y se hace más fácil con la práctica, aunque muy a menudo también sea necesario el apoyo de otra persona que nos ayude a identificar las distintas voces y mantener una actitud de empatía hacia ellas.

Hay otros elementos que ayudan en este proceso. Por ejemplo, entender y confiar en que cada parte está intentando aportar algo importante, aunque quizás de una manera que no es la más eficaz. Y por lo tanto, mantener una actitud de apertura y curiosidad hacia este algo positivo o significativo. También el compromiso de ofrecer empatía y compasión a todas las partes, independientemente de lo desagradables que sean y facilitar un dialogo entre ellas que sea respetuoso y orientado hacia la colaboración.

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Para mí es muy útil la imagen de invitar todas mis partes a sentarse alrededor de una hoguera y ofrecer un espacio para que cada una pueda contar su historia mientras yo, el yo esencial, intento entender, conectar con su propósito y traducir su lenguaje para que las otras partes también lo puedan entender.

Tomando el ejemplo de antes, entiendo que hay una parte de mí que realmente valora mucho la paciencia y la calma, que quiere mucho a mis hijxs y que considera sumamente importante tratarles con respeto. También entiendo que hay una parte de mí que se siente muy dolida cuando le parece que no se le está haciendo caso, porqué necesita respeto y reconocimiento y saber que es tomada en cuenta. Esta parte a veces está cansada y no tiene muchos recursos a su disposición y cuando el dolor se hace grande o le entra miedo que pueda ocurrir algo muy desagradable, se pone a gritar porqué no sabe como hacerlo de otra manera, y de hecho lo hace sin querer, es como un reflejo.

Conectando con ambas partes, la que tiene una visión inspiradora de respeto y paciencia para mis hijxs y la que empatiza con el dolor, el miedo y la falta de recursos, quizás puedo plantear la pregunta: ¿Qué se podría hacer para acercarse más a la visión? ¿Qué capacidades me gustaría invitarme a desarrollar y cómo?¿Cómo puedo cuidar de la parte cansada y dolida apoyándole para encontrar otras maneras de reaccionar?

Estas son preguntas que abren las puertas del diálogo, la colaboración y la búsqueda de nuevos caminos, pero desde el respeto y la valoración de todo lo que mis partes me aportan, sin excluir, juzgar ni castigar a ninguna.

A veces surge el miedo de que si empatizamos con las partes difíciles, desagradables, incómodas o amenazantes, les vamos a dar más poder y no vamos a cambiar. En mi experiencia, justo cuando empezamos a aceptar y a escuchar estas partes es cuando el conflicto se transforma y aparece la voluntad de colaborar: lo que antes se resistía y saboteaba, ahora está dispuesto a formar parte de una alianza hacia una visión común que es inspiradora e enriquecedora.

Lo maravilloso de todo esto es que, en la medida que voy haciendo esto conmigo, descubro que soy capaz de relacionarme de otra manera con lxs demás también, encontrando otras posturas en el conflicto, descubriendo más compasión y ternura donde antes había una mirada dura y un corazón cerrado.

¿Cuales son las partes de ti que te cuesta acoger, escuchar, incluir?

Si quieres aprender más sobre este camino de transformación personal te invito a mirar  mi agenda, para descubrir oportunidades de aprendizaje presencial en Barcelona y Asturias, mirar el curso que ofrezco online sobre Comunicación Integrada, o resrvar una sesión de acompañamiento por Skype.

Photo credit: “Multiple personalities” by Thomas Agboge, y www.sacredwavesofrhythm.com

4 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Rosa
    Sep 23, 2016 @ 12:03:26

    gracias 🙂

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  2. Svenna
    Oct 26, 2016 @ 23:49:44

    Tus palabras llegan a mi corazón! Gracias por compatir!!

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