El potencial sanador de la empatía

No es la primera vez que escribo sobre la empatía, y creo que tampoco será la última. En los cursos, talleres y sesiones individuales que ofrezco, tropiezo una y otra vez con la confusión y dificultad que tenemos con respeto a esta capacidad inherentemente humana que tiene el potencial de sanar incluso los traumas más arraigados y de enriquecer nuestras relaciones con un nivel de conexión, plenitud y fluidez casi inesperable.

Uno de los factores que no facilitan el desarrollo de este potencial es el hecho que muchas veces pensamos saber lo que es la empatía cuando, desafortunadamente, creo que tenemos ideas muy borrosas al respeto y muy pocas vivencias concretas. Por esta razón me gustaría aportar algunas reflexiones que nos puedan ayudar en fortalecer nuestra comprensión y experiencia de la empatía y su poder sanador.

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Hay que reconocer que la empatía nos presenta con unas cuantas complejidades y por lo tanto no es sorprendente que no tengamos muy claro de que se trata en realidad, también la palabra “empatía” tiene distintos significados en distintos contextos y esto por un lado nos aporta más profundidad pero también un poco de confusión.

Cuando pregunto en mis talleres “¿Que es la empatía para vosotrxs?” la respuesta más frecuente es: “Ponerte en la piel del/a otrx, sentir lo que siente el/la otrx”. Creo que esta es la definición más corriente de la palabra y aunque nos ayuda a vislumbrar algo muy pertinente, también da pié a algunos malentendidos. Por ejemplo, ponernos en la piel de otra persona no necesariamente quiere decir estar de acuerdo con ella o justificar sus acciones. Tampoco quiere decir dar por supuesto que sabemos lo que más le conviene a esta persona, lo que debería hacer, o que tengamos que “arreglar sus problemas”

La empatía fisiológica

Las investigaciones científicas de los últimos 50 años nos han permitido descubrir las famosas “neuronas espejos”, las cuales son responsables para la base fisiológica de la empatía, o sea, la capacidad de nuestro cerebro de activarse en resonancia con las experiencias de otros seres. Entendemos que, incluso a partir de los primeros meses de vida, nuestro cerebro reacciona a las experiencias que podemos percibir en otras personas activando las mismas partes como si estuviéramos viviendo la experiencia en primera persona. Esta información nos permite entender el nivel más básico de la empatía, lo que nos permite entrar en relación con otrxs desde una experiencia compartida y que explica un factor imprescindible en la supervivencia de nuestra especie: conectar a través de una experiencia compartida es mucho más fundamental y determinante para nuestra supervivencia que nuestra capacidad de competir. Aun así, esta información no abarca la complejidad de lo que es la empatía como fuerza sanadora, el simple hecho de poder aproximarnos a la experiencia de otra persona no es suficiente para establecer relaciones de respeto, colaboración y sanación. Aquí es donde entramos en el nivel que tiene que ver con la cultura, la educación y los procesos cognitivos. Sin entender esto no podríamos explicar como los seres humanos pueden llevar a cabo acciones que implican el sufrimiento de otros seres.

Una cultura que bloquea la empatía

Para entender este nivel podemos utilizar una definición muy básica de lo que es la cultura: una construcción de creencias, ideas y modalidades cognitivas que se trasmiten entre las personas pertenecientes a un mismo grupo. Una de las construcciones más nefastas para el desarrollo de la empatía es la idea del “bien” y del “mal” y consecuente “castigo y recompensa”. Estos pensamientos tienen el poder de desconectarnos completamente de nuestra capacidad empática cuando creemos que la otra persona es “mala” o ha hecho algo “malo” y por lo tanto no tiene la “razón” y se merece un “castigo” (incluso un castigo muy suave como la privación de nuestra atención respetuosa). Así es como podemos, por ejemplo, torturar a alguien y no tener remordimiento (por lo menos a nivel superficial), porqué nuestros pensamientos han catalogado la persona como “mala y merecedora de castigo”. Es un ejemplo extremo pero quizás nos ayuda a entender como la empatía fisiológica no es suficiente para el desarrollo de la compasión, respeto y cuidado si nuestras otras facultades no están alineadas con estos valores. Para mi esto es lo maravilloso y lo terrible del ser humano: si nuestra fisiología sola pudiera determinar nuestra compasión no habría ni verdadera libertad ni implicación personal, de hecho seríamos como maquinas compasivas, programadas para funcionar así. El hecho de que somos criaturas complejas y dotadas de pensamiento nos proporciona el reto de dirigir y cultivar conscientemente nuestra fisiología y no ser atadxs por ella. Supongo que esto es lo que se define como “libre arbitrio”, lo cual es un privilegio y un inconveniente a la vez.

Entonces, para desarrollar el potencial sanador de la empatía es necesario emprender un camino de desarrollo personal que implica la revisión constante de nuestras ideas, creencias y pensamientos y esto, francamente, da mucha pereza! Muy fácil es sentir empatía para aquellas personas con las que estamos de acuerdo, catalogamos como buenas o incluso “victimas”, hasta aquí la empatía fisiológica nos sirve muy bien. Otra cosa es empatizar con los que consideramos “malos”, “agresores” y con los que no estamos de acuerdo. Algunxs estarán pensando: “¿Y para que empatizar con estas personas?”, una pregunta muy interesante!

La respuesta no es sencilla ni corta, de hecho quizás ni siquiera existe una respuesta definitiva, pero me gustaría proponer una linea de reflexión para darnos algunos puntos de partida.

¿Habéis tenido alguna vez la experiencia de estar en guerra con vosotrxs mismxs? Esta es una situación muy recurrente en mi experiencia personal y profesional. ¿Que pasa? Normalmente hay una parte de nosotrxs que dice algo, quiere algo, piensa algo, siente algo y luego hay otra parte o partes, que no están de acuerdo y empiezan una larga serie de maniobras para convertir, redimir, controlar, cambiar, convencer y hasta eliminar la otra parte. Los resultados son varios, desde un éxito parcial hasta la neurosis. El éxito parcial se refiere a aquellos cambios que se logran a través del uso de técnicas Pavlovianas, basadas en el castigo y recompensa como factores determinantes. Esto no es lo que defino como sanación. Sanación para mi es cuando los cambios se logran a través de un dialogo profundo, abierto y extremadamente compasivo con la/s parte/s en cuestión y cuando, desde este dialogo, surge una fuerza creativa, inspiradora y vital que nos empuja hacia el crecimiento y la realización, no desde el miedo sino desde la ilusión de aportar algo positivo. La capacidad de generar este tipo de dialogo, internamente o externamente es lo que brilla por su ausencia en nuestra cultura. La situación política internacional actualmente no podría ser mejor demostración de lo que acabo de decir. Queremos paz y bombardeamos. A nadie se le ocurre intentar otro camino, basado en la escucha, el deseo de entender, reconocer la experiencia del/a otrx, encontrar una base común en nuestra humanidad, buscar soluciones colaborativas que tengan en cuenta todas las necesidades de la misma manera. Para hacer todo esto se necesita una empatía que va mucho más allá de lo fisiológico, una empatía que se cultiva a través de la auto consciencia, la superación de creencias obsoletas, la capacidad de sostener el dolor y la impermanencia. No es un camino sencillo y sin retos, a la vez es un camino lleno de vida, de asombro, de esperanza y creatividad.

Empatía como fuerza sanadora

Las investigaciones de la neurobiología interpersonal nos han permitido, en las últimas décadas, entender con más profundidad y precisión el rol de la empatía en los procesos de sanación de traumas y experiencias difíciles para lograr más resiliencia e integración, trabajando no solo desde la parte emocional sino también tomando en consideración los procesos neurológicos que subyacen las emociones. Estas aportaciones no solo validan prácticas milenarias como la meditación, sino nos aportan nuevas herramientas para apoyar nuestro sistema nervioso en los procesos de sanación.

En este contexto estamos hablando de una empatía que va más allá de la empatía fisiológica, y que se convierte en una capacidad muy compleja y profunda. Me gustaría nombrar, de manera muy resumida, algunos elementos importantes en el desarrollo de la “empatía sanadora”.

Los ingredientes fundamentales

Para empezar a cultivar este tipo de empatía, es imprescindible desarrollar un nivel de auto consciencia que nos permite saber que es lo que nos está pasando en cada momento, o por lo menos en cada momento que queremos saberlo. Si no tenemos esta consciencia es muy fácil confundir los efectos de las neuronas espejos y empezar a proyectar nuestras emociones en las emociones de otras personas. Esto genera confusión y la posibilidad de perdernos en la experiencias de lxs demás, lo cual no ayuda y no es empatía. Aunque queremos establecer un vínculo, necesitamos saber diferenciar entre lo que le está pasando a la otra persona y lo que nos está pasando a nosotrxs mismxs por dos razones: una es que aunque podamos “ponernos el la piel” de la otra persona, nunca vamos a saber y sentir exactamente lo que siente, y por lo tanto es importante mantener una actitud de humildad con respeto a las experiencias de otras personas y no pensar que “sabemos lo que le pasa”. La otra razón es que, en general, es muy difícil atender empáticamente a otra persona cuando estamos muy removidxs emocionalmente, y es importante reconocer cuando esto pasa.

Junto con esta capacidad de auto consciencia necesitamos desarrollar un cierto nivel de ecuanimidad que nos permita mantenernos objetivxs y tranquilxs incluso cuando lo que estamos escuchando nos parece un ataque. Sin ecuanimidad es muy fácil tomarse las cosas personalmente y caer en dinámicas de defensa, justificación, explicación, contraataque etc. perdiendo así la conexión con la experiencia del/a otrx.

También es necesario empezar a cuestionar nuestros pensamientos para poder ver en que manera están afectando nuestra capacidad de mantenernos presentes y objetivxs, interpretando lo que escuchamos o llegando a conclusiones poco acertadas sobre la experiencia de la otra persona.

Entender el propósito de las emociones nos permite llegar a la esencia de la experiencia de la otra persona, o sea, conectar con sus necesidades. Esta es la parte más fundamental en el proceso de sanación o incluso en la resolución de conflictos. Poder nombrar las necesidades subyacentes a las emociones implica un complejo proceso neurológico de integración, lo cual permite la transformación de las emociones mismas y el comienzo del proceso de sanación. En realidad esta es la esencia de la empatía sanadora: poder nombrar las necesidades subyacentes y darle visibilidad y validez, incluso cuando las estrategias vinculadas con ellas han sido costosas, dolorosas o simplemente desafortunadas.

Y finalmente creo que la capacidad de hacernos responsables por nuestras emociones, y también dejar que las otras personas se puedan responsabilizar por las suyas, nos permite empatizar sin intentar cambiar o “arreglar” la experiencia de la otra persona sino mantenernos presentes y solidarixs, confiando en su propia capacidad de encontrar soluciones. Este paso quizás es diferente cuando estamos en un conflicto y es importante encontrar soluciones colaborativas. Aun así es importante que cada uno se mantenga responsable de sus propias emociones y necesidades, para poderlas representar en el proceso de negociación y llegar a soluciones que sean realmente inclusivas y respetuosas.

El proceso de sanación

No es posible dar una visión completa del procesos de sanación de traumas ya que es bastante complejo en sus bases psico y neurologicas. Aun así podemos mirar algunos aspectos que nos ayudan a entender como la empatía apoya nuestra salud emocional incluso en los aspectos más “triviales” de nuestra vida que no necesariamente definiríamos como traumáticos.

La experiencia de vivir emociones “negativas” es, por definición, una experiencia difícil y poco agradable. Muchas veces va acompañada por anxiedad, miedo, confusión, pensamientos repetitivos, una sensación de soledad y de falta de perspectiva. Cuando entramos en conexión empática con otrxs y somos capaces de nombrar las emociones y las necesidades detrás de ellas, esto normalmente aporta alivio, permitiendo a las emociones de cumplir su misión y llevar a la luz, o sea a la consciencia, su mensaje. Muchas veces incluso este paso solo puede ser suficiente para que las personas se sientan mejor, más claras, más conectadas con si mismas y capaces de re tomar las riendas de la situación con la sensación de haber llegado al “kit de la cuestión”. La conexión con otra persona también es un factor fundamental, ya que nos aporta la sensación de ser acompañadxs, valoradxs, vistxs y reconocidxs, esto no es poco para nuestro cerebro mamifero que es inherentemente social. A través de este proceso de acompañamiento empático, las experiencias que al principio tenían una carga negativa se pueden re integrar en el sistema psico-físico aportando una sensación de completitud y sentido, haciendonos más capaces de acceder a nuestros recursos para hacer frente a los retos y desafíos de la vida.

En situaciones de conflicto, cuando somos capaces de acompañarnos desde la empatía es mucho más fácil parar la escalación y reconducir la situación a una atmósfera de calma, comprensión y colaboracón.

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Espero que este artículo haya servido en generar un mapa claro aunque, por razones de espacio, reducido de lo que significa la empatía y como esta capacidad puede jugar un rol fundamental en los procesos de sanación emocional. Para profundizar más y/o tener una experiencia directa de este trabajo, podéis escribir un correo a despertandolaeducacion@gmail.com para reservar una sesión de acompañamiento gratuito. También podéis mirar la agenda de mis talleres y cursos, en especial el próximo que ofreceré en Gijón a finales de Enero, que se centrará en este tema.

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