Ser padres y madres sin culpabilidad… un reto de nuestra época

Me encuentro con mucha frecuencia en contacto con familias y personas que se dedican con mucho fervor a la búsqueda de experiencias y modalidades de vida más cercanas a los valores de respeto, cooperación, inclusividad, integración, autonomía… Muchas veces esta búsqueda empieza o se hace más fuerte cuando nos convertimos en padres y de repente se abre la gran cuestión: “¿Cómo educaré a mis hij@s?”

Esta simple pregunta puede propulsarnos en una trayectoria de reflexión, revisión y cambios muy profundos que nos implican desde la perspectiva más intima y delicada de nuestro ser. L@s niñ@s nos traen la maravillosa posibilidad de re-inventarnos, de re-inventar nuestro entorno y, quizás, ¡el mundo entero!

L@s niñ@s nos traen la valiosa, y a veces dolorosa, posibilidad de conectar con nuestros límites y carencias, con todo lo que no tenemos y no hemos tenido, con todo lo que quiere decir ser humanos en este momento de desconexión tan profunda. L@s niñ@s nos traen el imperativo de re-conectar, de re-encontrarnos… “cómo”, sigue siendo un interrogante que cada un@ vive a su manera.

Lo que me parece fundamental en mis encuentros con familias y proyectos educativos es resaltar dos puntos:

1. ¡Estamos perdid@s y todo va bien! No tenemos que saberlo todo y ni siquiera hacerlo bien.

2. Estamos perdid@s porque hemos perdido lo que nos hace sentir segur@s: nuestra comunidad, el contacto con el entorno natural y una referencia cultural compartida y saludable.

Me parece importante resaltar estos 2 puntos para calmar esta ansiedad y culpabilidad que nos acecha y para entender bien la causa de nuestro predicamento.

Para salir de aquí no necesitamos nuevas teorías, necesitamos reconstruir el tejido social que nos sostiene como comunidad, necesitamos recuperar nuestra capacidad de observar, sentir, reflexionar y compartir nuestras reflexiones y experiencias con el fin de ser capaces de impulsar una nueva cultura. Es un camino que nos pide estar dispuest@s a desmontarnos y re-montarnos con muy pocas instrucciones, de abrirnos a los demás con confianza y valentía, arriesgando nuestra “sagrada” individualidad; ser pacientes y compasiv@s con el tiempo y los errores que todo esto conlleva.

Dudo que en épocas pasadas los padres y madres se sintieran tan incómod@s con su forma de educar, para bien y para mal se sentían respaldad@s por su comunidad y por un entorno cultural cohesionado que les ofrecía pautas compartidas y sólidas. Hemos perdido todo esto, pero hemos ganado la gran oportunidad de re-inventar nuestra cultura, de re-animarla a través de nuestras preguntas e inquietudes; de convertirnos en sujetos partícipes y creadores en nuestro entorno. No estamos muy bien preparad@s, esto es verdad, pero nuestra ilusión y determinación son nuestros grandes tesoros. La culpabilidad que sentimos frente a esta situación nos pone en contacto con nuestro deseo de ofrecer a nuestros hij@s todo lo mejor y, a la vez, con la necesidad de mirarnos con compasión. Desde la culpabilidad no surge mucho de valor, en mi experiencia.

En mi formación como maestra Waldorf tuve la suerte de tener un tutor que me dijo algo muy inspirador: “Fracasa, fracasa, vuelve a fracasar… ¡pero fracasa mejor! L@s niños no se fijan en las caídas sino en que cada vez ¡te vuelves a poner de pie!”. Os ofrezco estas palabras con mucho amor e ilusión por todo lo que estamos intentando construir junt@s!

En este video hablo de uno de los temas que parecen generar más interés y confusión: los limites.

¡Os invito a mirarlo y compartir vuestras reflexiones, preguntas y respuestas!

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