El coraje de pedir

¿Cuántas veces nos vemos incapaces de abrir la boca y pedir con claridad lo que realmente queremos? ¿Cuántas veces nos boicoteamos con pensamientos limitantes que nos mantienen en una realidad estrecha y repetitiva? ¿Qué es lo que nos impide abrir el corazón y manifestar nuestros deseos?

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La imagen que tengo para este día es la de un mendigo… pero no un mendigo cualquiera, si no el de que habla esta poesía de Jaroslav Vrchlický

·Por un poco de amor, iría hasta al fin del mundo,

Iría con la cabeza descubierta y descalzo,

Iría a través del hielo – pero con un eterno Mayo en mi alma,

Iría a través de la tormenta – pero sólo escucharía los mirlos cantando,

Iría al desierto – y tendría perlas de rocío en el corazón

Por un poco de amor, iría al fin del mundo,

como quien canta pidiendo limosna en la puerta”

Muchas veces en mi vida me he sentido así, buscando amor, conexión, cuidado… vagando por el mundo con mi cuenco de mendiga… y me acuerdo que las emociones conectadas con estos momentos no eran muy placenteras: vergüenza, inseguridad, decepción, miedo…
Me veía a mi misma como una persona necesitada, que en mi interpretación quería decir débil, de poco valor y esto me daba rabia y miedo a la vez. Por lo tanto iba por el mundo mendigando pero con la cabeza baja, sin mirar a los ojos de las personas, murmurando.
Cuando leí este poema por primera vez, estaba en el pleno dolor de la separación del padre de mis hijos, al leerlo se rompió la presa de mi corazón y lágrimas de compasión empezaron a caer como una lluvia sanadora. Por primera vez pude conectar con la belleza de mis necesidades, de mi deseo de amor, de conexión, y a la vez con mi propia belleza, esta mendiga que estaba dispuesta a arriesgarlo todo… y una cosa más se iluminó con este poema: ¡la Primavera estaba en mi corazón! Por primera vez pude entender el mendigo no como alguien débil, necesitado, sino como alguien abierto, confiado, vulnerable sí, pero con una fuerza poderosa en su vulnerabilidad, la fuerza de su conexión con la Vida.

Ser mendigo tiene que ver con pedir, mirando a los ojos. Quiere decir enfrentarte con el rechazo, sin bajar la cabeza. Quiere decir sentir el frío y encontrar el calor de la Primavera dentro de ti. Paradojicamente, ser mendigo quiere decir pedir, pero sin dependencia, quiere decir abrirnos al contacto con el otro y a la vez tomar plena responsabilidad por satisfacer nuestras necesidades.
Esto no siempre es fácil de entender, pero si seguimos comprometid@s en este camino, poco a poco la paradoja revela su lógica salvaje: satisfacer nuestras necesidades es un proceso que incluye otras personas pero no depende de ellas, cuando no encontramos la manera de satisfacer nuestras necesidades hay dolor, pero las otras personas no son responsable de esto dolor, de hecho, nadie es responsable, en la Vida a momentos pasan estas cosas… somos capaces de sostener nuestro dolor con cariño y compasión. Somos capaces de encontrar esta Primavera aunque con los ojos llenos de lágrimas

Pero, aunque estas reflexiones son esenciales desde mi punto de vista, lo que quiero resaltar hoy es la belleza de pedir.
La belleza de ir por el mundo sabiendo con claridad lo que necesitamos, empleando nuestra creatividad para encontrar las mejores estrategias, la valentía de abrir las manos y el corazón para recibir, sabiendo que no hay seguridad, que no hay fórmula para obligar a la Vida o a las personas a cumplir nuestras estrategias, y aún así confiando en la Vida y las personas, y en nosotr@s mism@s, en nuestra capacidad de encontrar la Primavera.
En mi experiencia, una vez que empecé a reconstruir esta imagen del mendigo, todas las emociones de vergüenza, inseguridad, miedo, rabia se fueron. En su lugar nació la valentía, la esperanza, la confianza, la claridad. Pedir se ha convertido en uno de los actos más bonitos de mi vida, y sorprendentemente ahora recibo mucho más en mi cuenco.
Ya no me veo como menos valiosa que los que llenan mi cuenco, sino que entiendo que el cuenco pertenece a la Vida, y quien lo lleva y quien lo llena son parte del mismo movimiento, el mismo baile… somos iguales, aunque en distintos roles, por unos momentos.

Para mí, pedir también se sostiene en otra práctica: la práctica de la gratitud. La defino como práctica porque necesita un nivel de compromiso y de hábito. Es una emoción que tenemos que nutrir, que solicitar, que buscar. Es una emoción que cuando encontramos la manera de hacerla fluir nos llena de una energía cálida y maravillosa, incluso cuando las cosas no van como queremos. Es un manantial que nos sostiene en aquellos momentos de Invierno, de Oscuridad.

PRÁCTICA DE HOY
Me gustaría invitar a una reflexión sobre esta imagen del mendigo… ¿Cómo nos vemos a nosotr@s mism@s en relación a nuestras necesidades? ¿Cómo nos sentimos a la hora de pedir? ¿Qué tipo de mendigo somos?
Me gustaría que exploráramos todas las imágenes, creencias y juicios que tenemos asociados con la petición. ¿Hasta qué punto estas creencias nos apoyan o nos limitan en manifestar lo que deseamos? ¿Qué es lo que nos da más miedo a la hora de pedir? ¿Qué es lo que necesitamos para disipar este miedo?
¿En qué manera cultivamos la Primavera en nuestro corazón? ¿En qué manera cultivamos nuestra gratitud? ¿Cómo podemos expresar nuestra gratitud para que se convierta en una fuente de celebración, para l@s que dan y l@s que reciben?
Dedicamos el día de hoy a contemplar la posibilidad de pedir lo que verdaderamente nos gustaría, y a cultivar la capacidad interna de hacerlo sin exigencia, con las manos abiertas, desde la gratitud y la dignidad.

 

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