¿Es la empatía una herramienta peligrosa?

Recientemente, he tenido un par de conversaciones con un amigo que me han dejado un poco inquieta.
Los dos estamos implicados en colectivos que trabajan para un cambio social y un nuevo paradigma, los dos nos enfrentamos con situaciones que parecen obstaculizar este cambio desde dentro el colectivo mismo. A menudo observamos dinámicas de poder oculto, lo que se suele denominar como juegos de ego, conflicto, enfrentamiento, manipulación, etc.
Este amigo me cuenta que en estos casos la empatía es una herramienta peligrosa, que puede perjudicar al colectivo dando cuerda a las dinámicas tóxicas de algunos individuos… Inmediatamente esto choca con algo muy profundo dentro de mí. Soy consciente de haber vivido en entornos más o menos protegidos, donde los conflictos normalmente tenían un nivel de conciencia personal bastante alto. Para mí, la fuerza de la empatía ha sido asombrosa en su capacidad de resolver conflictos que parecían no tener salida, a la hora de encontrar una conexión entre personas que no pensaban tener nada que ver las unas con las otras. Pero este amigo me está hablando de otros contextos, donde hay violencia, inconsciencia, patrones de agresividad muy arraigados… y me pregunto, con un poco de angustia, si la Comunicación Integrada y la empatía son fuerzas poco útiles en estos entornos, incluso dañinas, como sugiere él.

Esta pregunta me impulsa a emprender un proceso de reflexión sobre la empatía…
cOMUNICACIÓN iNTEGRADA

¿Qué entendemos por empatía?

Creo que en general hay bastante confusión sobre lo que se entiende como empatía. La definición clásica nos dice que es “la capacidad de ponerse en el lugar del otro y sentir lo que él siente”. Pero yo creo que la cosa es más compleja…
A menudo me parece que confundimos este acto de “ponernos en el lugar del otro” con “reconfortar al otro”, estar de acuerdo con su visión, alimentar su posición y justificar sus acciones.

La empatía se entiende como refuerzo y por lo tanto no es adecuada en los casos donde un cambio es necesario.

Yo tengo otra visión de lo que es la empatía. En primer lugar no la veo como una herramienta, para mí es algo más sutil, un estado anímico, la voluntad de hacer un espacio dentro de mí para acoger la realidad y la vivencia del otro. La empatía no es un “hacer”, es un “estar”. Cuando surge un conflicto y algo me remueve, puedo tomar la decisión consciente de abrir este espacio, aparcar mis percepciones y dedicar mi atención a conectar con la realidad del otro.

Es cierto que ciertas condiciones son indispensables para que la empatía pueda emerger: yo necesito sentirme bien, con suficiente energía. Si intento empatizar cuando estoy dolida, removida, impaciente, frustrada, enfadada… las posibilidades de un resultado positivo son muy pocas. Más valdría ser honesta y decir: “Lo siento, en este momento no puedo escucharte de la manera que me gustaría porqué necesito atenderme a mí misma” o “lo que estás diciendo me remueve de una manera que ahora no soy capaz de escuchar con objetividad”.

La práctica de la empatía es muy parecida a la meditación: supone un dejar pasar todo los pensamientos y volver a recibir lo que “es”. Pero esto no quiere decir que no puedo ser consciente de todo lo que está vinculado con la realidad del otro. Las vivencias que la otra persona está expresando están vinculadas con muchos factores: experiencias previas, traumas, creencias, interpretaciones (correctas o no), necesidades insatisfechas, estrategias inconscientes etc. Yo, desde mi posición privilegiada como observadora, puedo tomar conciencia de todo esto y a la vez volver a conectar con la vivencia del otro. Sería decir: “Entiendo que te pueda sentir así bajo todas las condiciones que afectan tu realidad”, o simplemente “Veo que estás enfadado” o dolido, o lo que sea. Para mí la empatía es lo que me permite conectar con lo que es importante para el otro, o sea, sus necesidades: “Entiendo que esto te duele porque valoras mucho la inclusión”. (por ejemplo).

Esta es la esencia de la vivencia de la otra persona, a pesar de que todo lo que la rodea en términos de sus traumas, estrategias ocultas e interpretaciones, puedan ser más o menos acertadas. El segundo paso podría ser ofrecer mi percepción de estos otros factores. Pero este es el segundo paso, y lo tengo que dar en el momento preciso, sin prisa. En mi experiencia, cuando la conexión empática ha ocurrido verdaderamente, algo se mueve, la energía cambia. Hay un ablandecimiento, una relajación, la otra persona por fin se siente escuchada, comprendida, aceptada. Se genera confianza, seguridad, compasión. Desde allí es mucho más probable que cualquiera de mis reflexiones aterricen en una tierra preparada y fértil.

Aún así, la empatía no es una herramienta. No empatizo con el otro con la finalidad de ablandecerlo para luego poderle decir lo que creo tendría que hacer. Empatizo porque esto genera una calidad de conexión que considero sagrada, que transciende las circunstancias y me conecta con el otro de una manera que yo también me transformo. No tengo otra finalidad.

A veces, las personas me han dicho: “Yo he empatizado con ella pero no ha servido de nada.” No estoy segura entonces de que lo que pasó allí fuera empatía. Quizás era escucha, quizás era intentar apoyar la otra persona y no ofenderla, quizás era intentar hacerle ver algo a esta persona de la manera más dulce posible. Pero cada vez que pensamos que la empatía tendría que servir para algo más que simplemente generar conexión entre las personas, creo que nos estamos equivocando.

Y a la vez, esto no quiere decir que un cambio no sea posible. La empatía es un momento, un círculo de paz. A su alrededor hay muchas posibilidades. Lo que considero realmente importante es lo que hace posible el cambio. No me interesa un cambio generado por el miedo, la vergüenza, la culpabilidad, el castigo, el ostracismo, la ridiculización. Valoro el cambio que se genera a partir de una toma de conciencia real, a partir de la voluntad de encontrar mejores maneras de hacer nuestras aportaciones en el mundo. En este sentido, la empatía prepara el terreno para un cambio fundado en la conexión, en la voluntad, porque la empatía actúa en todos sentidos, no sólo se extiende desde mí hacia el otro, sino que produce una corriente que fluye entre los dos.

Pero, volviendo al punto elaborado por mi amigo, ¿hay algunas situaciones en las cuales la empatía podría ser inútil, incluso peligrosa?

La empatía en entornos hostiles: límites en lo colectivo y lo personal  

Estamos de acuerdo que en el contexto del trabajo colectivo para el cambio social nos encontramos con algunos factores claros: no somos muchos, el cambio que proponemos es ambicioso, las circunstancias no son favorables y quizás el tiempo que tenemos es contado. Hay una urgencia. Hay la necesidad de conservar energía, de seguir con el trabajo. Por esta razón mi amigo propone no gastar tiempo en empatizar con aquellas personas que actúan de una manera que puede perjudicar el trabajo del colectivo. Estas personas necesitan un mensaje claro: “O aportas o te vas fuera.” Proteger el colectivo es el imperativo. No parar el trabajo. La empatía podría ser una brecha que deja entrar elementos destructivos que quitan tiempo y energía, que debilitan el colectivo.

¿Es posible mantener empatía y a la vez marcar limites claros? ¿Es verdad que para marcar limites tenemos que hacerlo desde la contundencia y la agresividad?

Digo agresividad porqué para mi cualquier intervención que ataca la integridad de la otra persona es agresiva, aunque se pueda expresar de forma muy civil y educada. Por ejemplo decir: “Tú no eres capaz de llevar esta tarea a cabo.” o “Tú estás perjudicando el trabajo de grupo”, etc… son mensajes que, para mí, atacan a la otra persona de una manera que hace muy improbable que se genere el tipo de conexión necesaria para una escucha real, y por lo tanto una toma de conciencia y un cambio.

Es verdad que el resultado puede ser un alejamiento de esta persona, lo que quizás es deseable… pero ¿Qué repercusiones tiene esto? ¿El fin justifica los medios? ¿El cambio social que queremos puede verdaderamente lograrse a través de acciones fundadas en el ataque, privadas de empatía y compasión? Yo tengo serias dudas.

Es verdad que hay el factor tiempo, y energía. A momentos no tenemos tiempo para entrar en procesos largos y difíciles, o no tenemos la energía, o incluso la otra persona no está dispuesta. En este caso tendremos que actuar con agilidad, con economía, y con claridad. ¿Pero esto quiere decir que no podemos mantener una actitud empática en nuestro interior? ¿Que no podemos marcar límites muy claros sin tener que añadir una dureza de corazón? ¿De dónde viene esta creencia?

Mi amigo dice que la empatía puede generar dependencia, porque la otra persona no tendrá que encontrar sus propios recursos para salir de la situación: “Las palizas te hacen más fuerte”, así va el refrán… Vuelvo a tener serias dudas. Me suena mucho a una creencia que se ha desarrollado en un entorno hostil, violento, donde la ley de “el más fuerte sobrevive” rige, donde el aprendizaje ha sido fruto del dolor, del aislamiento, del castigo. No quiero volver a perpetuar estas condiciones.

¿Y si la otra persona no puede entender otro lenguaje?  ¿Y si la otra persona está en un paradigma donde la demostración de empatía se toma como una debilidad y por lo tanto se lleva a cabo una manipulación para conseguir sus propios objetivos? La empatía no es un proceso simple y sin obstáculos: requiere un tiempo, una disposición, una implicación… requisitos de los cuales otros tipos de comunicación sí pueden prescindir. La empatía no está mirando a los resultados sino a la calidad de relación que se genera. La empatía supone que el cambio es posible en cualquier persona y situación, y apuesta por ello.

Aún así, creo que todos hemos encontrado personas que no parecen preparadas o interesadas en cambiar. Personas que se aferran a antiguos patrones de comportamiento y antiguas creencias. Personas que no son conscientes de partes de sí mismas: las niegan y se defienden cuando alguien las expone. ¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo cuidamos del grupo y a la vez de los elementos “negativos”? Supongo que de entrada tenemos un puzzle moral, algo que se resume un poco en las palabras de Cristo: ”Ama a tus enemigos más que a tus amigos”. ¿Hasta qué punto estamos alineados con esta manera de entender la vida? ¿Y amar mis enemigos quiere decir que les dejo hacer todo lo que quieren, incluso dañarme? Para mí la respuesta está en el enfoque propuesto por Rebeca Wild en el ámbito de la educación y crianza, en su libro “Libertad, Respeto, Amor y Límites”, ella argumenta con claridad que los límites son una función necesaria del amor, que fomentan la libertad siempre y cuando son puestos con respeto.

En el caso del trabajo de grupo, creo que los límites deben ser claros para tod@s. Proteger la integridad del colectivo es imperativo, establecer límites fuera de los cuales un individuo puede perder el privilegio de pertenecer al grupo ayuda a generar claridad y seguridad. El grupo en sí tiene que madurar suficientemente y tener la cohesión necesaria para establecer estos límites de forma coherente. Las células actúan con claridad, a través de sus membranas abren el camino a ciertos elementos y lo cierran a otros. No tienen dudas, no vacilan, me imagino que no tienen asambleas. Supongo que si un elemento es capaz de aferrarse a la cuerda de la empatía para entrar en el colectivo y actuar de manera dañina, la membrana del grupo no está funcionando bien. Así se producen los conflictos personales. Así algunos individuos del colectivo empiezan a tomar decisiones unilaterales porque sienten la pasividad del grupo hacia el peligro.

La cuestión no es si poner limites o no, la cuestión es desde dónde los ponemos. Estamos demasiado acostumbrados a vivir en un paradigma que nos dice que “los que actúan mal se merecen castigos”, “el dolor te hace más fuerte”, “te tienes que enfrentar con la dureza del mundo para aprender”, “cada uno se tiene que espabilar con sus proprios asuntos” etc… Si ponemos límites desde este paradigma, el cambio social que vamos a lograr, para mí, será como un “face lifting”, no tendrá profundidad ni durabilidad.

No pretendo dar respuestas definitivas, estamos en una fase de transformación y por lo tanto el camino no se ha trazado todavía con claridad. Pero hay puntos que me parece útiles para guiarnos.

Espejismos de empatía

Podríamos empezar por separar a las personas de sus acciones, y limitar las acciones sin atacar la integridad de la persona. Este enfoque presupone la voluntad de empatizar con las personas que actúan en una manera que perjudica al colectivo a la hora de ponerle limites. Esto simplemente quiere decir cuidar de las palabras que elijo para comunicar los límites, cuidar el tono de voz, cuidar de mi tentación de castigar y hacerle daño a la otra persona. Es fácil entrar en el dulce placer de la venganza, del “yo tengo la razón, estoy en lo justo, actúo para el bien común” y poner más que sólo límites. El colectivo, a la vez, tiene que ser responsable de estas dinámicas y reforzar su coherencia a través de unas reflexiones claras y exhaustivas. No se puede poner en práctica la ñoñería como alternativa a la dureza. El grupo mismo puede ofrecer espacios de acompañamiento y empatía que no obstaculicen el trabajo de sus miembros, el grupo tiene que ser honesto con el tipo de competencias y energía de las cuales dispone, para no generar una expectativa de acompañamiento que luego no es realista.

Al final está claro que cada uno debe ser responsable de su proprio crecimiento, del hecho de que el grupo no es un espacio de terapia profunda (a menos que decida serlo), y por lo tanto es comprensible que llegue el momento donde ciertas personas pierdan acceso al grupo, siendo posible hacerlo desde la empatía: desde el respeto y compromiso a no dañar el otro.

La empatía es peligrosa cuando no es empatía. Cuando es un querer ayudar al otro sin tener la capacidad de hacerlo, cuando es no ponerle límites por falta de coraje, cuando es no valorar los daños que otras personas sufren a raíz de las acciones del otro, cuando es simplemente darle la razón al otro para no generar un conflicto, cuando es no tomar una posición clara o mantener una postura asistencialista, cuando es dejar que la otra persona hable para luego decirle donde se está equivocando, cuando es “hacerse el loco” a una situación difícil y esperar que otros la solucionen, cuando es dejar un espacio para que las acciones dañinas sigan siendo perpetradas.

La empatía es una fuerza transformadora

La empatía es una fuerza transformadora, clara y valiente, requiere implicación personal y responsabilidad. Es algo que ocurre dentro de nosotros y dona una fuerza particular a nuestras acciones.

Yo, personalmente, no veo la empatía como una práctica establecida en mi entorno, por lo tanto dudo si tenemos la experiencia necesaria para poderla valorar.

Estoy segura de que hay situaciones donde la vida está en serio peligro y se necesitan acciones rápidas, fuertes y protectoras. En estos caso creo que entrar en un proceso de conexión empática no es lo más apropiado, quizás correr o defenderse es lo mejor. Aún así podemos cultivar en nuestro interior una actitud que no convierte al otro en un enemigo, sólo en un peligro del cual nos debemos proteger. Lo que sí está claro es que si no estamos preparados para la empatía, los resultados no serán los deseados. ¿No sería más cierto decir entonces que todavía nos falta una práctica verdadera de la empatía?

Seguimos en el camino, aprendiendo.

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